24 de Julio: En busca de la excursión perfecta bajo la tormenta

La predicción del tiempo estaba en lo cierto, pintaba chungo, el día había amanecido torcido en tierras sardas. El cielo estaba bien encapotado desde primera hora de la mañana y antes de que termináramos de desayunar ya había empezado a llover como si no lo hubiera hecho durante un mes. Protegidos bajo la pérgola, desayunamos junto a los rusos y dábamos buena cuenta de las provisiones de Nutella de Rita. Volvimos a sufrir una vez más los problemas de no compartir una lengua común, y el intento de conversación fue un poco surrealista e inútil por ambas partes. Al verse frustradas nuestra idea de ir de excursión a Asinara, pusimos en marcha la opción plan alternativo-plan de interior.

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Cogimos el coche y nos pusimos en marcha dirección Ozieri, donde finalmente llegamos algo más tarde de los previsto tras perderme y saltarme dos veces la salida de la autovía. Dimos una vuelta por el pueblo en ese momento que había dejado de llover, buscando la catedral guiándonos por el sonido de las campanas. Nos sentíamos muy rurales, y aunque el pueblo no era nada espectacular, volvimos a la plaza a tomar un refrigerio antes de ir a Sassari a comer. Por el camino el cielo decidió abrirse en dos y conducir se convirtió bajo el diluvio universal se convirtió en toda una proeza.

No voy a engañar a nadie, Sassari es una ciudad muy fea, muy que muy fea. No sé si es que la pillamos en un día feo, pero es que realmente no tenía ni el más mínimo ápice de ciudad entrañable que apeteciera pasear. Como ya empezaba a apretar el gusanillo, fuimos a comer a la Trattoria l´Assassino, un sitio que recomendaba la guía y cuya especialidad eran los caracoles con tomate. Y si la ciudad era fea he de decir que todo lo malo lo compensó este plato, delicioso.

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Por la tarde le dimos otra posibilidad a Sassari, e intentamos sacar algo de su belleza paseando por sus calles. Pero no tenía remedio, no había donde hurga; era una de las ciudades más feas que había visto en mi vida. Partimos en retirada en busca de una buena excursión que nos quitara el amargo sabor de boca – de la ciudad, no de los caracoles. Fuimos primero a Porto Torres, buscando un kiosko en el que la guía sugería comprar los billetes para el barco. Tomamos un helado en el primer sitio que encontramos en la calle principal porque teníamos problemas serios de vejiga. Esperamos a que la muchacha abriera el kiosko, pero decidimos que esa no iba a ser nuestra mejor opción para hacer la excursión a Asinara.

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Vimos que se nos acababa el tiempo antes de que cerraran las oficinas de turismo, y tras un momento de crisis decidimos echar el resto y volver al puerto de Stintino, cerca de donde estuvimos el día anterior en busca de una excursión organizada. Tan metidos estábamos en la búsqueda de la excursión, que en vez de ir a la oficina en el pueblo nos metimos en un camino de cabras que llevaba hasta el embarcadero. Como era de prever, el hombre del puerto nos dijo que allí no se vendían los billetes, pero que si los conseguíamos, era desde ese sitio desde donde salía el barco. A pesar de que tenía la posibilidad de llamar a la oficina por teléfono, decidí que esta no iba a ser la mejor opción, porque a pesar de mis progresos con el italiano, aún no me veía con fuerzas como para tener una conversación telefónica con un desconocido.

Fuimos hasta la oficina, y al entrar respiré tranquilo. Tanto me relajé que me vine arriba y le dije a la chica de la taquilla que estaba contento porque Marta, “la donna”, iba a poder ver “burros bianchi”. En ese momento caí en el problema de los false friends italo-españoles o “false amici” como pasaríamos a denominarles desde ese momento. Lo cierto es que decir que ella quería ir a la isla a ver mantequilla blanca no mostraba mucho mis progresos en la lengua italiana.

El siguiente problema al que teníamos que hacer frente era el de contactar con Rita y Giovanni para decirles que necesitamos desayunar temprano al día siguiente para poder pagar y salir hacia Stintino a tiempo para coger el barco. Intenté contactar con ellos a través de SMS, email, a través de Booking… hasta que al final tuve que enfrentarme con la temida llamada telefónica. Quería evitarlo, pero no me quedó más remedio que lanzarme al comodín de la llamada. Giovanni contestó, y tardó un rato en enterarse de que era yo el que estaba llamando. Lo peor de todo es que parecía que había que había recibido mi mensaje y estaba al tanto de todo lo que quería decirle. Yo pensé que ya podía haberse molestado un segundo, contestarme al mensaje y evitar que pasará ese momento engorroso de comunicación italiana ramplona. Antes de colgar me dijo que si queríamos ir a cenar con ellos al restaurante de unos amigos en Alghero, pero muy cortesmente le dije que no esta vez. Aunque nos lo habíamos pasado realmente bien la noche anterior, ya me parecía abusar un poco de confianza.

De todas formas, nosotros también decidimos ir a Alghero a cenar. Aparcamos en el mismo sitio que la primera noche, empezando a sacarle juguillo al tema de las estrellitas del Google Maps. Dimos un paseo por el paseo marítimo hasta llegar al centro donde nos sentamos en una terraza a cenar, antes de sucumbir a la tentación de comprar pendientes de coral y darnos una última vuelta por las murallas de la ciudad.

23 de Julio: Y al fin un rayo de sol sobre la piel lechosa cayó

Comenzamos nuestro primer día completo de vacaciones cogiendo fuerzas con un desayuno contundente a base de biscottos caseros y cruasanes con Nutella en ca´Rita. Esto nos daría fuerzas para unas cuantas horas, así que decidimos ponernos en marcha rumbo a la península de Stintino y más concretamente a la famosa playa de La Pelosa. Por el camino nos fuimos dando cuenta de que la idea precondebida que teníamos de Cerdeña no era real. Imaginábamos un sitio de playas increíbles pero completamente explotadas al turismo, pero por el contrario, la imagen que ofrecía era el de un sitio tranquilo y no muy masificado para tratarse de finales de Julio. Aunque no todo iba a ser bueno, claro. Camino de la playa vimos una cantidad de perros vagando a su suerte, abandonados, lo que nos tocó mucho la patata. Pensamos por un momento en llamar a una protectora de animales, para más tarde pensar en recogerles y meterles a todos en el Lancia, pero al final… seguimos con nuestro camino al ver que había cantidad de ellos por todas partes.

Llegamos a La Pelosa algo tarde, por lo que tuvimos que aparcar al fondo de la playa, en lo alto de la colina que permitía tener una buena panorámica de toda la zona con la isla de Asinara al fondo. No tardé mucho en caer en la tentación de comprarme un gorro de paja, idea que llevaba arrastrando desde un par de años atrás en nuestro viaje por las islas griegas. El muchacho intentó hacernos precio si Marta se compraba otro gorro, pero por problemas de tamaño de testa, tuvimos que conformarnos con comprar solo el mío. Nos dimos un buen chapuzón con cuidado de no rompernos la crisma en las piedras y después fuimos a tomar algo al chiringuito La Torre, que era el que teníamos más a mano. En este momento empezamos a sentirnos realmente de vacaciones. Antes de marcharnos, nos dimos un último baño sin haber hecho la digestión (rebelde me llaman). Antes de llegar al coche tuvimos la casualidad de encontrarnos con el muchacho de los gorros, que volvía a la playa cargado con nuevo material. En esta ocasión venía preparado con un gran armamento, así que al grito de “testa molto grande” finalmente tuvimos la suerte de encontrar el hermano perfecto para mi gorro de paja.

La siguiente parada del día fue la gruta de Neptuno, en la zona de Capo Caccia donde ya estuvimos de exploración el día anterior. Nos abalanzamos escaleras abajo sin gorro y sin agua, embobados por la espectacularidad de los acantilados y sin preocuparnos lo más mínimo por el esfuerzo que iba a suponer el camino de vuelta al coche. Entramos en la gruta, la primera de las muchas que nos esperaban por el camino en los días sucesivos. He de confesar que las medidas de seguridad de los italianos están a años luz de las de los británicos, y debe ser que después de tantos años viviendo allí, pues como que me he acabado acostumbrando. Las cuevas daban un poco de miedo, y si una de esas estalactitas hubiese decidido romperse allí en ese mismo momento… no quiero pensar en cuales hubieran sido las consecuencias.

Con paso moderado y haciendo paradas cada 50 escalones, llegamos de nuevo a la superficie asfaltada, y fuimos a tomar un refrigerio al bar del día anterior, donde imprimimos unas fotos con la nueva Polaroid y aprovechamos para recuperar el aliento antes de volver a ca´Rita a acicalarnos y prepararnos para la gran cena. Desde la invitación inicial de Giovanni el día anterior, nos habíamos hecho a la idea de que esta sería en la zona de la pérgola, donde servían el desayuno y donde tenían una barbacoa de piedra muy mona. Sin embargo, Giovanni llamó a nuestra puerta y nos dijo que si íbamos a ir todos a bordo de una máquina o si nosotros íbamos a llevar la nuestra. “¿En una máquina” – le dije yo muy sorprendido. Pues bien, resulta que habíamos entendido la historia mal e íbamos a cenar, sí, pero al restaurante de unos amigos suyos, compañeros de la cooperativa de uva. Subimos a su coche sin saber donde nos llevaban, menos mal que eran gente de fiar, porque éramos claramente o carne de secuestro o carne de pizza. Le dije a Rita que pensábamos que la cena era en la casa y ella muy sorprendida dijo que no, que ella la pizza no la hacía, que le daba mucho trabajo y que prefería que se la hicieran.

Llegamos a la finca de agriturismo de sus amigos y conocimos al resto de la comitiva que nos acompañaría durante la cena: una pareja de rusos (Arturo y Rusita) y una familia belga-rusa, que junto al hermano de Rita y su mujer hacían un cuadro la mar de interesante. El hermano por ser hermano, los belgas-rusos por ser clientes de años atrás,  la pareja rusa por ser amigos de los anteriores y nosotros por ser los nuevos huéspedes. Entre la falta de un idioma común en el que comunicarse (nosotros no hablábamos italiano, los rusos no hablaban inglés y Rita solo hablando en italiano) y la falta de conexión entre los distintos comensales, la cena se convirtió en un batiburrillo de conversaciones sin sentido pero que estuvo muy divertida. Es una pena que no tenga fotos de este momento, porque fue una cena inolvidable.

Antes de sentarnos a la mesa, nos sirvieron un aperitivo frío con vino y un queso de untar con pan de Carasau  que estaba de caerse para atrás. Para la cena, salchicha, berenjena y pollo de entrantes y pizza a discrección como plato principal. Aquello era todo un banquete, y a mi se me caía la cara de vergüenza cada vez que le decía a Rita que dejara de ofrecerme pizza porque iba a reventar, ¡qué mujer más insistente! De postre tomamos un chupito de mirto, el licor local y pizza de Nutella para rematar la faena. Volvimos a casa y Giovanni seguía con el cuerpo de fiesta, así que nos sacó todo su arsenal de licores caseros. Así que allí nos quedamos nosotros con el ruso y con Giovanni, en una muy interesante conversación a tres: ruso-italo-inglesa en el que nosotros éramos los traductores oficiales a pesar de los efectos de la grappa, del mirto y del limoncello. Hablamos de licores, de Kaliningrado u de la edad de la rusa pasando por la calidad de la cocina británica. Inolvidable.

De esta manera acabamos el día, muy satisfechos por la experiencia aunque con un ardor de estómago que aún tardaría un par de días en irse. Si me llegan a decir hace dos días que las vacaciones iban a empezar así… no me lo creo.

22 de Julio: Al sol del Mediterráneo

Empezamos las vacaciones de verano 2016. Tras un año realmente movido, llegan finalmente diecisiete días de desconexión en una de las más conocidas islas del Mediterráneo: Cerdeña. Cargamos las maletas de mano hasta los topes e iniciamos uno de los viajes más rápidos y cómodos que recuerdo — a excepción de los estrechos asientos de Ryanair.

Cogimos sin problema el taxi que nos llevó desde casa a la estación de tren de Cambridge, pasamos el control de seguridad del aeropuerto sin problema, hicimos la parada de rigor en el Pret a Manger y montamos en el avión sin mayor inconveniente y a tiempo. Antes de despegar, intentamos solucionar por whatsapp un potencial problema de fondos en la tarjeta de crédito para pagar el depósito del coche. Toda esta minientrada en pánico no sirvió realmente para nada, pues al llegar a Cerdeña y pasar el control de pasaportes del aeropuerto de Alghero, la recogida de las llaves del coche fue coser y cantar. Lo que inicialmente iba a ser un depósito de 1710€, terminó siendo de 468€, una sutil diferencia. En conclusión, en poco más de cinco horas estábamos ya subidos en nuestro Lancia Ypsilon, a 45 grados a la sombra y sudados y dispuestos a devorar la isla.

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Para seguir con la dinámica de “sota, caballo y rey” en la que nos encontrábamos, en escasos quince minutos nos plantamos en nuestro primer alojamiento: Casa Rita. Como era de esperar, Rita, salió de la casa y nos recibió muy efusivamente. Insistió en que Alberto Moreno era un nombre muy italiano y que no comprendia como teniendo ese nombre yo decía que venía de Inglaterra. Tras explicarle los antecedentes y motivos de nuestra procedencia, entramos en nuestra habitación e intentamos mantener una mínima conversación con Rita en nuestro italiano chapurrero.

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Sin perder mucho tiempo salimos en busca de la playa más cercana, teníamos ya ganas de poner el culo en remojo. Descubrimos por accidente la zona de Porto Conte, donde tomamos algo en el único bareto que encontramos junto a la escalinata que descendía a la Gruta de Neptuno. Como no teníamos mucha gana de turismo, volvimos sobre nuestras marcas de neumático y fuimos a pasar el resto de la tarde en la playa de la Bombarde, donde nos dimos cuenta de que a pesar de que hacía mucho calor, el agua estaba bien fría.

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A la vuelta conocimos a Giovanni, el marido de Rita, al que también le sorprendió mi nombre e insistió en que de verdad, teníamos que tener orígenes italianos. Muy amablemente, nos invitó a reservarnos la noche del sábado para hacer una cena en la casa, la cual él mismo definió como “pizza non-stop”. Claramente este plan nos atrajo muchísimo y nos apuntamos al plan inmediatamente, sin pensar mucho si teníamos otra cosa pensada. ¿Qué mejor que un plan con autóctonos?

Por la noche fuimos a cenar a Alghero, donde aparcar el coche se convirtió en una actividad complicada. Cuando finalmente conseguimos dejar la máquina tirada junto a un seto, fuimos paseando por el paseo marítimo hacia el centro y empezando a cogerle el truquillo a la nueva cámara Polaroid. Dimos una vuelta por la zona interior de las murallas y cenamos en el elegante restaurante Posada del Mar, nos merecíamos un homenaje para dar el pistoletazo de salida a las vacaciones.

Tras la cena coqueteamos un poco con las tiendas de coral, pero conseguimos resistir la tentación por una noche. Completamos la vuelta a la ciudad intramuros y nos volvimos a ca´Rita a descansar. Los días que teníamos por delante se prometían realmente intensos.

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3 de Agosto: Historia de un regreso, adiós a Japón

El viaje de regreso empezaba pronto ,el despertador sonó a las tres de la mañana y daba el pistoletazo de salida a un viaje de más de 24 horas. Cogimos la maleta y dejamos el hotel Fresa para dirigirnos a la estación de Tamachi por última vez. Hicimos la ruta en monorraíl, la misma que habíamos hecho hace ya más de quince días cuando llegamos al aeropuerto, estábamos cerrando el círculo. Por el camino, fuimos canturreando la canción de Los Simpson y vimos como iba saliendo el sol, nuestro primer amanecer en el país del sol naciente justo el día que nos marchábamos.

Llegamos al aeropuerto de Haneda y fuimos directamente a facturar la maleta, donde dijimos educadamente que no a una jugosa oferta de pagar un poco más de 200 libras por ir en primera clase. Pero no teníamos mucho interés en gastarnos el dinero cuando habíamos descubierto la maravillosa segunda clase, la Premium Economy de AirFrance, por la que simplemente por ser de los primeros en sacar la tarjeta de embarque tenías el privilegio de ir sentado en asientos más amplios y con menú especial. El vuelo no pudo empezar mejor, ya que nada más despegar ocurrió lo inimaginable: conseguimos ver el monte Fuji. Sí, tras incontables intentos, al final, en el último momento y de la manera rocambolesco conseguimos salir de la isla viendo la cima del monte más famoso de Japón. ¡El Fuji exisía! Allí estaba él, lustroso y hermoso, despidiéndose de nosotros y puede que también riéndose por haber conseguido mantenerse escondido durante todo el viaje.

El vuelo continuó sin más sobresaltos durante las restantes 12 horas, llegando a París sanos pero desorientados. Tuvimos la mala pata de sufrir un retraso de dos horitas en nuestro vuelo de conexión a Edimburgo, pero en este tiempo me dio tiempo a reflexionar: nunca más me volvería a reír de un oriental haciendo fotos. Y es que allí, en mitad del aeropuerto de Charles de Gaulle, en plena terminal internacional había un hombrecillo japonés haciéndole fotos a una máquina expendedora. En ese momento pensé en la cantidad de fotos absurdas que había estado haciendo durante las semanas anteriores y la cantidad de orientales que se habrían quedado mirándome diciendo “vaya el tío raro este…” Somos distintos, somos iguales dice la canción, y desde luego que más razón no puede tener.

Finalmente pusimos los pies en Edimburgo, y con el intercambio de islas el viaje había concluido. Aún nos quedaba una última sorpresa, y es que el coche decidió no volver a moverse. Pero eso ya enlaza con otra historia, con otro blog, con otra aventura que para los melancólicos vuelvo a dejar aquí: https://dundeeventura.wordpress.com/2015/08/05/los-problemas-se-arreglan-a-golpes/

Yo por mi parte doy por concluida este pequeño cuaderno de bitácora de un viaje que fue más que un viaje. Un recuerdo imborrable.

FIN

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2 de Agosto: Tokio, el remate final

Despertábamos ya en nuestro último día de viaje, y por tanto, últimas horas de disfrutar de algún otro rincón de Tokio y de sus sofocantes calores. Con un agudo dolor de garganta fastidiando justo al final del viaje, salimos hacia Hinojuku, con idea de volver a subir a la torre del ayuntamiento e intentar por segunda y última vez ver el ansiado monte Fuji. El día parecía algo más despejado, así que esto fue lo que nos terminó de motivar para darle otra intentona a nuestro deseo de ver la famosa montaña aunque fuera desde lejos. Por cambiar un poco, esta vez subimos hasta lo más alto de la torre sur, pero tristemente… el horizonte no dejaba ver ni la más mínima puntita del más recóndito piquito del dichoso pedrolo. Tokio seguía siendo una ciudad llena de rascacielos cubierta de una nube brumosa que no dejaba ver más allá de unas cuantas calles a la redonda. Tirábamos por la borda por tanto todas nuestras ilusiones fujianas y nos centramos en seguir con nuestro plan de visitas.

Por mi parte, yo llevaba ya un par de días dándole vueltas a la cabeza pensando si aprovechar la oportunidad y comprar un nuevo objetivo para la cámara de fotos. Desde hacía bastantes años, esta idea había existido, pero en ese momento estaba en el epicentro de la tecnología y era una oportunidad fantástica para hacerlo. Entramos en la tienda oficial de Olympus y pregunté por el precio del objetivo en el que estaba interesado. El empleado me lo enseñó, pero fue muy sincero y me dijo que para ese modelo de cámara tan antigua me iba a salir más barato si me iba a alguna tienda de los alrededores de la estación de trenes y en particular me dijo el nombre de una tienda que el me recomendaba. Como no tenía valor de decirle que me lo escribiera, memoricé como pude las sílabas que había dicho,.le dimos las gracias y salimos a echar un ojo en alguna de estas a ver si lo encontrábamos. Entramos en un par de tiendas de los alrededores y comprobamos que el precio era bastante similar en todas en las que lo tenían en stock. Pero como somos muy cabezones, seguimos buscando un rato más la tienda que nos había dicho el señor hasta que al doblar una esquina nos topamos con un cartel cuyo nombre sonaba bastante similar: MacCamera. Subimos a la cuarta planta, pedimos el objetivo y sorprendentemente, aunque lo tenían, me dijeron que no me dejaban probarlo hasta que no lo hubiera pagado. El precio era algo más barato que en los otros sitios, pero como no me gustaba la idea de pagarlo hasta ver que funcionara, salimos a la calle a pensárnoslo. Encontramos una tienda en la que también lo tenían y en la que me dejaron probarlo. Me gustó como funcionaba, pero en este sitio era más caro, así que tomamos la decisión de volver a MacCamera a comprarlo. Cometimos el error de ir sin el pasaporte encima, porque nos habrían hecho un 8% de descuento por ser una tienda TaxFree, pero no habíamos salido por la mañana del hotel con esta intención así que nos quedamos con el objetivo pero sin descuento.

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Una vez que ya tenía mi juguete nuevo cogimos el metro con dirección Akihabara para dar una vuelta por el barrio friki. Una gran avenida cortada al público por ser fin de semana y edificios enormes con publicidad de series de manga desbordaban por todos lados. No había gente disfrazada tal y como me esperaba, pero el ambiente era raro. Llegamos a una zona donde debía haber alguien famoso. Una marabunta de gente se agolpaba frente a un pequeño escenario, sobre el que estaban cantando y bailando un grupo de niñas. Mirando más detenidamente a los espectadores, lo que llamaba la atención es que la mayor parte de gente – o los que más escándalo montaban – eran un grupo de tíos de unos 40 años algo entraditos en carnes, cantando a voz en grito una y cada una de las estrofas de las canciones de las chicas estas.

Aprovechamos este momento para comprar un cómic para el hijo de la vecina que no conocíamos pero que nos había hecho un encargo –así se las gasta la gente hoy en día — y paramos a comer en un sitio en el que tenían anguila. Este bicho se había vuelto en uno de nuestros descubrimientos culinarios favoritos del viaje, y aunque tuvimos que esperar un poco para sentarnos, finalmente tuvimos nuestro preciado almuerzo. Después de comer entramos a unos recreativos, más que nada para cotillear un poco a los locos epilépticos dándole a las maquinitas. Por el camino, volvimos a pasar por el escenario, donde los frikis seguían saltando al ritmo de un nuevo grupo de veinteañeras disfrazadas con ropas extrañas de colores. Esta vez, los muy cachondos habían sacado de no sé donde un montón de sables laser que meneaban al ritmo de las canciones. El furor por los grupos de adolescentes masculinos que hay en Europa es lo mismo en Japón, pero en este caso son los chicos los que mueren por ver a grupos de niñas — lo que da bastante grimita.

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Dejamos de lado el frikismo avanzado y volvimos a Asakusa. A pesar de que ya habíamos estado el día anterior, era uno de los sitios que más nos habían gustado. Como ya habíamos asumido que no nos daba tiempo a descubrir muchos rincones de Tokio más, decidimos disfrutar de nuevo de los que ya habíamos visto. Dimos una vuelta por las tiendas de souvenirs, pero finalmente donde acabamos comprando algo fue en la tienda Don Quijote, de donde nos llevamos una camiseta que me salvara de matar al resto de pasajeros del avión al día siguiente y un par de boles de sopa de lo más cucos. Volviendo al metro también compramos un detallito para la gente del trabajo y finalmente fuimos al barrio de Minato a probar el objetivo nuevo a los pies de la torre de Tokio.

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Una de las experiencias que nos quedaba por vivir en Japón y que no podíamos dejar escapar era el ir a un karaoke. La elección de uno de estos es todo un mundo, ya que en Tokio hay tantas opciones y de precios tan variables, que se hace complicado elegir uno. Entramos en uno que nos dio buen aspecto y pagamos una hora creyendo que el precio incluía algo de comer y de beber — que era lo que habíamos entendido del chaval de la recepción. Pensábamos que en un karaoke encontraríamos a un montón de japoneses cantando como locos, pero para nuestra sorpresa descubrimos que el concepto de karaoke aquí es diferente. En vez de tratarse de una sala grande, el karaoke consistía en un montón de habitaciones pequeñas cada una equipada para pasar unas estupendas horas de canturreo sin molestar al resto. El camarero entró para dejarnos unas bebidas y aprovechamos la ocasión para suplicarle que nos ayudara a poner en marcha la máquina y que pudiéramos hacer el tonto un rato. Como no tenía ni idea de inglés, llamó a recepción y otra persona subió para decirnos que nos cambiáramos de sala, porque en esa no tenían puesto el programa con canciones en inglés. Cuando finalmente conseguimos enchufar el micrófono, ya habían pasado 20 minutos de la preciada hora, pero allí estuvimos desgallitándonos con temas de Queen, Europe, Bon Jovi, los Gypsy Kings… y alguna otra canción rara. Lo pasamos bien hasta el momento en el que salimos de la habitación y bajamos a la entrada a pagar. El chico en ese momento nos dijo que teníamos que pagar casi el doble que lo que nos había dicho al entrar. Resulta que las bebidas no estaban incluidas en el precio, aunque nos había dicho que sí. Intentamos hacernos entender, pero su rara manía cultural de no poder tener un confrontamiento y no poder decir “no” hizo que la conversación fuera un ciclo sin fin en el que al final nos tocó pasar por el aro y mandarle a la mierda sin levantar la voz para no herir sus sentimientos. Indignados por no habernos terminado de acostumbrar el miserable nivel de comunicación de los jóvenes japoneses.

Intentando olvidar, fuimos a elegir el sitio para nuestra última cena japonesa. Como habíamos gastado más de la cuenta en el karaoke, no nos quedaba ya mucho dinero para gastar en la cena, así que no nos quedó otra que decirle al camarero al entrar que sólo teníamos 4000 yens, y que nos diera algo de cenar por ese precio. La historia fue divertida, porque la historia que le conté incluía introducción (mañana me vuelvo a Europa), su nudo (tengo 4000 yens) y el desenlace (dime si me paso). Tomamos nuestro último plato de sushi regado con un sake, todo por 3088 yens que el camarero tuvo a bien redondearnos a 3000 para dejarnos unas míseras monedas para el metro el día siguiente. Volvimos al hotel andando para poder tener suficiente para el viaje al aeropuerto y nos fuimos despidiendo de las calles de Tokio. Hicimos la reconstrucción de la maleta llena de ropa pringosa y maloliente y nos fuimos a dormir unas horas antes de salir de madrugón al aeropuerto. El viaje llegaba a su fin.

1 de Agosto: Al calor del Tokio más sofocante

Nuestra ruta por Tokio de este día empezaba un poco torcida. El hecho de que se nos hubiera acabado el JR Pass suponía que tuviéramos que familiarizarnos con la compleja red de metro de Tokio. El mapa de las estaciones estaba exclusivamente en japonés, por lo que encontrar la manera de llegar a la estación de Ueno se convirtió en una tarea de lo más complicada apta para el más experimentado de los criptógrafos del siglo XXI. Preguntamos a un empleado del metro que andaba por allí, pero lo único que consiguió es cabrearme más, porque se empeñaba por enviarme por una ruta más larga cuando yo sabía que había una ruta más corta. Cuando después de unos cuantos intentos desistí por agotamiento, Marta me explicó que el hombre me estaba diciendo que había habido un accidente en la linea principal y que por eso me estaba explicando como ir de otra manera. Debía ser que yo tenía el día torcido y no quería entenderle o es que simplemente mis oídos no querían escuchar al pobre hombre que estaba haciendo todos sus esfuerzos por hacerse entender. Ya finalmente, para rematar la jugada, nos equivocamos al sacar el billete y en vez de sacarlo a la estación de Ueno lo hicimos a la de Ginza, por lo que cambiamos el plan y en vez de ir a ver un barrio fuimos a otro.

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Decidimos ir a Chiyoda a ver los jardines del palacio del emperador bajo un bochorno impresionante que casi hace que acabemos derretidos sobre una acera de Tokio sin que nadie pudiera ayudarnos. Nos acercamos lo más que pudimos al puente que daba a la entrada al recinto del palacio, y como este no es apto para visitas, pues nos conformamos haciendo fotos a la sombra de un arbolito. Lo más gracioso de este momento es que rodeado por cientos de turistas orientales ¡se encontraba el mismísimo Tom Cruise camuflado entre la multitud! Yo no había reconocido más que a un guía hablando a otro tipo en inglés, y me acerqué a pegar la oreja para ver si me enteraba de algo. En ese momento, Marta me dio un codazo y me dijo que si me había fijado que era Tom Cruise, y lo cierto es que no daba crédito a que ni yo ni otras ciento y pico personas nos hubiéramos dado cuenta de que el colega estaba allí al lado nuestro pasando el día. En ese mismo instante mi instinto de paparazzi se activó y mi cámara de fotos empezó a echar humo retratando al pobre Tom desde todos los ángulos. Los guardaespaldas se empezaron a poner nerviosos, imagino que inquietos porque no se disparara la chispa del reconocimiento facial por la zona. Como no paraba, tuvieron que sacar a Tom de allí y comenzaron a andar hacia el cruce, donde un coche negro enorme les esperaba, pero tuvieron la mala suerte de que el semáforo se les pusiera en rojo, momento en el que literalmente le “acribillé” tanto a fotos que hasta él mismo me levantó la mano y me dijo que parara. Yo estaba muy dedicado a la causa y me puse a pensar en el título de la exclusiva y mandar las fotos al Hola con un “Tom pasa unas acaloradas vacaciones por Japón”. Finalmente pudieron cruzar y llegar al coche en el que desaparecieron sin que nadie más se diera cuenta.

 

Cuándo aún estábamos en pleno shock comentando la jugada nos encontramos en mitad de un cruce frente a los jardines del palacio una tarjeta SD. Mi cabeza aún le estaba dando vueltas a lo de Tom, así que empecé a pensar que quizá era parte del juego y que en esa tarjeta se encontraban los planos de algo peligroso y que realmente estábamos siendo presas de la grabación de la siguiente película de Misión Imposible. Sinceramente, creo que el calor me estaba haciendo mucho mal, así que cuando desperté del sueño de mi película de ciencia ficción, decidí coger la tarjeta e intentar encontrar a su dueño usando las redes sociales y de esa manera poder ganarme el cariño de Buda durante unos cuantos años.

Tras correr de sombra en sombra y gastarnos todas las monedas en botellas de bebidas isotónicas, fuimos a Yanaka, un barrio tranquilo de casitas tradicionales y tiendas de artesanía. En nuestra primera parada nada más salir del metro, compramos unas tortas de arroz en un puesto de la calle y siguiendo la dinámica del día torpón, conseguí romper en dos un billete de 100 yens al sacarlo de la cartera. En mi defensa diré que la calidad del papel de los billetes japoneses es más que dudosa, pero ese momento tan tonto fue desolador para mi –a lo mejor debido únicamente a la pérdida masiva de electrolitos –, que lo único que quería era volver atrás en el tiempo y tener una segunda oportunidad de sacar el billete de la cartera.

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Seguimos haciendo la ruta por Yanaka, donde vimos cementerios, templos y una galería de arte. Al final, el cuerpo pedía líquido de nuevo, así que entramos en una cafetería recomendada por la guía que no nos decepcionó. Tomamos un café frío acompañados con unas tartas de té verde y café, que estaban estupendas. A la salida, terminamos la ruta paseando por la zona de las tiendas, donde compramos té macha para llevar de vuelta a la isla y también compramos dos abanicos en otra tienda donde por suerte pudimos deshacernos del billete roto porque no tenían cambio de billetes más grandes.

La tarde la dedicamos al barrio de Ueno, donde tuvimos la suerte de encontrarnos con una feria de hermanamiento Japón-Taiwan al entrar en el parque. Esta fiesta era tan rara que nos pareció de lo más entretenido quedarnos un rato por ahí a ver qué se cocía. De hecho dejamos de ir a ver el museo nacional y nos compramos una cerveza y una bolsa de guisantes tostados y nos sentamos en una silla a dejarnos llevar por el espectáculo cultural. Lo cierto es que el tema no estaba muy animado, no sé si porque no entendíamos nada o porque la relación entre estos dos países es más bien sosa, pero casi sin esperarlo, llegó uno de los momentos álgidos de la tarde. La señorita que hacía las veces de presentadora del espectáculo empezó a buscar voluntarios para algo. Yo miré de lado a lado y vi que algunas personas se levantaban e iban al frente del escenario. En ese momento, la presentadora se puso a canturrear la canción mientras los participantes se ponían la mano derecha detrás. Yo no daba crédito a lo que estaban jugando, pero era cierto, no estaba soñando, ¡estaban jugando al piedra, papel o tijera! Deseé como un poseso que volviera a pedir voluntarios, porque yo también quería jugar. Por suerte así fue, y a los pocos minutos me levanté como una bala para jugar. El resto de personas me miraba un poco raro, porque yo era el único guiri que se había levantado y parecía que me querían decir que si sabía lo que estaba haciendo, y aunque no pudiera contestar, yo intenté parecer lo más seguro de mi mismo que pude. Tristemente quedé eliminado a la primera de cambio, y aunque intenté hacer trampas y disimular, al final decidí aceptar mi derrota y volver a mi triste y cálida silla. Desde luego, estos japoneses son muy buenos jugando a esto. El cierre del festival fue un japonés vestido de flamenco que se puso a tocar canciones de Paco de Lucía y unas señoritas ataviadas con el traje tradicional que se hicieron un book con Marta en las carpas de acceso al escenario. Como detalle, decir que dos señoritos que controlaban el acceso a las carpas llevaban camisetas de España con el 6 de Iniesta a la espalda más falsas que las orejas de Micky Mouse.

Tras el festival cultural, seguimos la ruta por el parque y nos quedamos embobados al llegar a la zona del estanque y ver el impresonante mar de flores de loto. Lo impresionante era que era casi imposible ver el estanque, ya que las plantas estas atiborraban por completo todo el perímetro formando un auténtico bosque.

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Al salir del parque volvimos a dar una vuelta por Ueno y acabamos perdidos en una calle llena de locales de alterne primero y sumergidos en un mercadillo callejero bajo las vías del tren después. En ese momento volví a tener la sensación que ni estando un año en Tokio sería posible haber visto todo Tokio. La ciudad era tan inmensa, y con tantísimos rincones que era imposible visitar ni una pequeña parte de ella en cinco días. Finalmente cogimos el metro con destino Asakusa, donde todavía nos dio tiempo a ver algunos puestos del mercado  antes de que cerraran y fotografiar la enorme puerta de acceso al templo desde todos los ángulos posibles. Por primera vez en lo que iba de viaje, hicimos la frikada de echar una moneda y sacar un palito de los números de la suerte. Yo saqué el 56, Marta el 29. Ella tuvo suerte, y yo también, aunque con más sufrimiento.

Condicionados por nuestro destino decidimos parar a tomar algo en una calle con terracitas. Tuvimos el ojo poco fino, y en el primer sitio que paramos debían haberle dado a la camarera el premio a la más desagradable de la zona, porque a pesar de que nosotros queríamos terraza ella nos decía que nos metiéramos dentro. Yo le dije que fuera y ella que dentro, y como no nos pusimos de acuerdo, pues cogimos nuestros petates y nos fuimos a la terraza de enfrente, en el que la camarera nos advirtió que no tenía el menú en inglés pero que nos dejaba sentarnos fuera. Como realmente nos enterábamos igual de mal con un menú en inglés escrito por un japonés que con un menú en japonés escrito por otro japonés, pues nos pareció un buen trato y nos sentamos a tomar un yakitori de pollo y una cerveza. Como se nos hacía poco y se nos había abierto el apetito, seguimos la ruta de las terrazas y nos movimos un poco más adelante a otra terraza a tomar algo más consistente. En esta tuvimos una suerte tremenda, ya que la camarera era un encanto y se quedó un rato a hablar con nosotros. En este sitio probamos  sashimi de ballena, que sinceramente estaba espectacular.

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Tras este tentempié y después de haber descuartizado a media población mundial hablando acerca de las técnicas de seducción, Marta quería tomar un helado para rematar la noche y yo realmente quería cenar de verdad. Como yo tenía el capricho de entrar a un sitio que ponía que servía pescado a la parrilla 24 horas al días, paramos para saciar mi hambre y pedimos una ración de gambas a la plancha, unos pescaditos fritos, dos vieiras y como plato estrella, una caracola enorme que no había por donde agarrar. Yo no había probado este bicho en mi vida, y lo cierto es que no tengo claro si me gustó o no, porque como no era un experto en el método de cocción de estos bichos yo creo que me lo tomé algo crudo y sabía bien bien a bicho de mar.

Ya saciado volvimos al metro para dar por terminado el penúltimo día de las vacaciones. Justo antes de entrar, tuvimos la suerte de ver a otra geisha –o al menos eso nos creímos. Esta vez nos tocó una que no corría despavorida como en Kioto, y allí estuvimos sin un pelo de vergüenza, retratándola un rato. El helado tuvimos que dejarlo para otro momento, ya que la ballena había decidido gastarle una mala pasada a Marta, que culpaba al mamífero y no a la botella de sake de sus problemillas intestinales.

31 de Julio: El reto de Tsukiji y el deambular por Nikko

El despertador sonó a las tres de la mañana y, algo desorientados, nos tiramos de la cama y salimos de la habitación del hotel en busca de nuestro objetivo del día: llegar a tiempo al mercado de Tsukiji para registrarnos y poder acceder a la exclusiva y mundialmente conocida subasta del atún. El taxista nos esperaba puntual a la entrada del hotel, y como a esas horas ni en Japón estaban aún puestas las calles, en cuestión de 10 minutos nos estaba dejando a la entrada del mercado. Aparentemente todo parecía la mar de calmado, pero menos que decidimos finalmente ir hasta el mercado en taxi, porque si llegamos a ir andando y hacemos caso a la guía y vamos a las cinco de la mañana… nos dan con la puerta en las narices y nos habríamos tenido que volver al hotel con un cabreo considerable por el inutil madrugón. Por suerte llegamos a tiempo, aunque casi somos los últimos en cerrar el cupo del segundo y último grupo del día. Tras la puerta de metal se esparcían por el suelo unas 100 personas ataviadas con chalecos de color verde y de color azul. Nos dieron el chaleco y nos invitaron a unirnos al resto de personas varadas que colapsaban la habitación, eran las 3:52 y aún nos quedaban dos largas horas de espera hasta que abriera el mercado, la noche iba a ser larga.

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Estuvimos esperando en el suelo, intentando distraernos con cualquier cosa hasta que a las 5:50 nos llamaron al orden. Nosotros tuvimos la mala suerte de estar sentados junto a un grupo de superpijas estadounidenses con muchas ganas de hablar y de camelarse a dos muchachitos superfrikis de su mismo país y que habían tenido a suerte de encontrarse en la cola del mercado. No sé que es lo que la evolución ha hecho para que esta gente hable así de raro, pero sinceramente el acento de yanki adolescente es de lo más molesto. A la orden del encargado del mercado empezamos a desperezarnos y a estirar las piernas. Entre bostezos y estirones, el grupo fue poniéndose en fila, luchando por no sucumbir en el último momento a esas dos largas horas de espera. Salimos a la calle, y a esas horas, el mercado ya era un hervidero de cochecitos, motos, carros y un montón de hombres del mar.

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Entramos a la sala de la subasta, y tras ser amenazados casi hasta de respirar, un hombre se subió encima de una caja de manera que se encontraba situada delante de tres filas de atunes y empezó a canturrear en japonés como si se tratara de un niño de San Ildefonso el día del sorteo de navidad. Al mismo tiempo, un grupo de personas que se situaban rodeándole movían las manos, imagino que dándole la instrucción de cuánto estaban dispuestos a ofrecer por la pieza. No sé que cifra se llegó a ofrecer por cada una de esas piezas, pero en cuestión de 10 minutos ya estaba todo el pescado vendido. Este fue todo el motivo de la espera, la subasta, ya que el siguiente paso era esperar pacientemente hasta que la zona comercial abriera y los turistas que habíamos ido a la subasta y el resto de curiosos pudiéramos entrar a ojear.

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Esta segunda espera se hizo aún más larga que la primera. Eran las 6:15, la subasta del atún había terminado y aún teníamos que esperar hasta las 9:00, hora a la que abría el mercado. El plan típico era ir a desayunar sushi a alguno de los pequeños restaurantes para pescadores del mercado, así que así hicimos. Escogimos uno en el que los dibujos de los platos a la entrada nos llamaron la atención. El sitio era sumamente estrecho y se comía en la barra. Pedimos un combinado de atún, salmón y caviar, y aunque a esas horas de la mañana no era lo que más apetecía por el madrugón, lo cierto es que entro estupendamente. Tras casi dos semanas en Japón, el desayunar pescado era ya una rutina, y en particular el plato que nos sirvieron en el mercado era como de otra dimensión, yo creo que sin ninguna duda era lo más sabroso que había probado en mi vida hasta la fecha.

Después de desayunar fuimos a ver el templo de los pescadores y las tiendas de la zona, a ver si pescábamos algún souvenir. Como aún quedaba una hora para que abriera el mercado, intentamos ir al los jardines del parque Hamarikyu a dormir un rato, pero este como estaba cerrado. Finalmente pues acabamos tirados como vagabundos en un trozo de cesped, donde intentamos descansar un rato. El sol ya empezaba a aporrear con ganas a esas horas de la mañana, así que el descanso fue poco más que imposible.

Cuando dieron exactamente las 9 de la mañana, entramos al mercado. Es difícil explicar lo enorme que era, pero en esencia era como una pescadería gigante, llena de bichos de todos los colores y tamaños. Hicimos miles de fotos y pusimos en riesgo nuestras vidas unas cuantas veces al salirnos de los carriles para peatones y aventurarnos locamente en los carriles destinados para los carricoches de mercancías. Vimos como despiezaban el atún y alucinamos viendo especies animales que jamás se habían visto en un documental de La 2.

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A eso de las 10 de la mañana dimos por concluidas las 7 horas de mercado. Creo que nos habíamos hecho muy bien a la idea de cómo funcionaba el asunto, pero aún nos quedaba todo el día por delante. Decidimos dejar la vorágine de la gran ciudad e ir a hacer una excursión de un día a Nikko, una ciudad cercana al norte de Tokio. Haciendo esto, aprovechábamos nuestro último día del JR Pass y de paso podíamos echarnos una cabezadita en el tren y descansar un poco. Llegamos a Nikko pasado el mediodía, todavía algo cansados pero dispuestos a darnos un buen atracón de templos. Pero inevitablemente, a los cinco minutos de habernos puesto en camino, nos entró hambre. Hacía cuatro horas que habíamos desayunado y el pescado había pasado ya a mejor vida. Marta tenía el antojo de comer sentada en un tatami, y aunque con el paso de los días no habíamos encontrado ningun, fue en Nikko donde finalmente tuvimos la oportunidad. Este pequeño restaurante lo llevaban una pareja de viejecitos encantadores que nos pusieron lo que buenamente quisieron, porque en este sitio la comunicación sí que fue realmente compleja.

Con el estómago lleno el día se veía de otra manera, así que seguimos andando y llegamos al puente que cruzaba el río y que daba entrada a la ruta de los templos. Yo creo que en ese momento no éramos conscientes de la larga escalinata que nos quedaba por delante, pero más que una entrada a un santuario eso se asemejaba más al ascenso del Angliru y el Tourmalet juntos. Entre el bochorno y las escaleras…yo solo quería pedirle a Buda que me llevara con él dentro de su tronco de nuevo. Si había cincuenta templos por ver, nosotros vimos cincuenta y uno. No había estatua, farol o dragón que fotografiar. Pero entre templo y templo, también tuve la oportunidad de hacer feliz a unos niños japoneses, que se pusieron a descifrar mi nueva camiseta con mi nombre escrito en hiragana. Otra de las anécdotas curiosas de esta tarde fue la alegría infinita que sentimos al descubrir que la famosa escena de los tres monos tapándose ojos, boca y oídos es una metáfora budista. Tanto tiempo haciendo el canelo con el tema de los monos, y nosotros sin saber que era un rollito budista.

Tras terminar el tour y corroborar una vez más que el budismo y el sintoismo están muy bien pero que son unos sacacuartos, pusimos nuestros pasos de vuelta a la estación parando una vez más en la misma calle que por la mañana, pero esta vez para tomar un café con hielo revitalizante. La vuelta a Tokio la pasamos dando cabezazos en el tren, intentando no dislocarnos el cuello, y viendo campos de arroz por la ventana. El tema del respeto en Japón también puede llegar al extremo, en este caso el respeto por los asientos reservados en el tren. Nos tocó ir de pie en el segundo que tuvimos que coger camino a Tokio porque iba bastante lleno. A nuestro lado, había dos asientos libres, pero ningún japonés parecía tener el menor interés en sentarse aunque quedaba casi una hora para llegar a tiempo. Por supuesto, nosotros no íbamos a estar haciendo el canelo mucho más tiempo y a los diez minutos decidimos sentarnos.

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Llegamos al hotel deseando darnos una ducha y dar por terminado el día, pero como aún quedaban unas horas para que acabara el día y por tanto nuestros 14 días de JR Pass, decidimos hacer de tripas corazón y salir un rato por la zona de Shibuya. Al llegar, buscamos primero la estatua a Hachiko, el perro fiel, pero nos perdimos en mitad del intercambiador y no veíamos la manera de salir por la salida correcta. Un hombre un tanto extraño salió en ese momento de la nada y se ofreció a acompañarnos a la salida. Como el riesgo que habíamos sentido en todos estos días había sido nulo, le seguimos agradecidos, pero al llegar a la estatua nos dio la sorpresa y nos empezó a pedir dinero. Como hacerse el turco-chipriota en Japón es bastante sencillo por aquello de la barrera del idioma, no nos costó mucho deshacernos de él, pero lo cierto era que no habíamos tenido aún experiencias de este tipo. Cruzamos el famoso paso de peatones que quita el hipo y estuvimos un rato por la zona de las tiendas. Se nos antojó pescado, pero la masificación de la zona hizo que al final tuvieramos que entrar en una izakaya a comer pollo frito. Como en Japón son tan raros que dejan fumar en los establecimientos pero no en la calle, el momento de la cena se hizo un poco agobiante por el calor y el humo, sumado a malas noticias laborales.

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Finalmente volvimos al hotel, rodeados en el metro de un montón de personajes beodos con ropa de trabajo, se notaba que era viernes por la noche y se estaba dando rienda suelta a las emociones. Esta gente se las agarra muy gordas cenando, y con el caos que hay en esta ciudad, muchas veces me preguntaba que como lo harán para encontrar sus casas con la moña que llevan encima.

30 de Julio: A la conquista de Tokio

Nuestro primer día en Tokio comenzó con una mala experiencia en el momento del desayuno. Entramos en la cafetería pegada al hotel y la camarera nos recibió como si fueramos de otro planeta, vamos que no fue muy colaboradora que digamos. Vale que llegamos a la hora en la que dejaban de servir desayunos, pero ya que nos había dejado sentarnos podía haber puesto algo más de su parte. Además de tener este recibimiento hostil, nos decepcionó el que no hubiera opción de desayuno japonés ya que se trataba de un buffet chino. Tomamos un poco de arroz hervido con un café y nos prometimos que no volveríamos ningún día más.

Cogimos el tren hacia Harajuku para visitar la zona del santuario del emperador y después ir en busca de lolitas zombies por el barrio de la moda en Omotesando. Para variar hacía un bochorno tremendo, así que cuando llegamos al templo queríamos tirarnos de cabeza en el clásico lavamanos de la entrada de todos los templos. Al haber visto tantos y tantos templos en los días anteriores a lo largo y ancho de Japón hacía que ya nada resultara totalmente sorprendente. Y este, aunque bonito tampoco resultaba ser tan impresionante como los anteriores. La parte satisfactoria fue el descubrir el verdadero significado de los contenedores cilíndricos blancos pintados de maneras varias a la entrada de todos los templos. Estos bonitos “adornos” se tratan en realidad de contenedores sagrados de sake, algo que desconocíamos hasta este momento. Quien pudiera pinchar uno de esos y darse un buen baño en sake para quitarse el calor de encima.

Dimos un paseo por la zona de las tiendas pijas y nos tomamos un batido refrescante antes de continuar con la búsqueda e electroperras en la calle Takeshita-dori. Una vez más volví a perderme por las caóticas callejuelas de las ciudades de este enorme país, pero logré encontrarme a tiempo para llegar al callejón de las góticas japonesas. La gente que circulaba por esta calle tenía el sentido del ridículo bien bajo, porque era bastante común encontrarte con niñas vestidas de lolitas, góticas al salir de clase, tiendas de electroperras… Pero estas muchachas son tan escurridizas que se hizo bastante dificil sacarles una foto aunque fuera de espaldas. No pude resistir la tentación y me acabé comprando una de esas camisetas con mi nombre en letras japonesas, aunque en realidad todo el mundo sabe que podía haber hecho la turistada maestra y que en vez de haber escrito mi nombre hubieran puesto “tonto el que lo lea” o algo así.

 Cogimos el tren hacia Shinjuku, donde nada más salir alucinamos con el tamaño colosal del intercambiador. Vamos, que me rio yo del de Avenida de América comparado con semejante entramado de conexiones. Fumos buscando los jardines Shinjuku Gyoen, pero antes paramos a tomar algo de sushi, que ya nos daba el mono. Una vez más volví a andar más perdido que un sordo en un tiroteo y acabamos dando vueltas por una zona de negocios (masajes) “turbios” y con un templo metido en mitad de una zona de rascacielos (para pedir la penitencia, imagino). En los jardines sufrimos la frustración de que nos los cerraran la puerta del invernadero en nuestras narices, pero conseguimos escabullirnos entre los árboles y extender nuestra visita por el resto del parque y hasta para tumbarnos en el césped a descansar un ratito mientras nos devoraban las hormigas y por megafonía nos ponían el Auld lang syne para largarnos de allí al más puro estilo scottish.

Salimos de los jardines y nos pusimos en marcha hacia lo que creía yo que era el ayuntamiento pero que resultó no serlo. Por suerte encontramos (por fin) una oficina de información turística para pedir un mapa decente con el que poder guiarme por la ciudad. Y ahora sí, tras parar a tomar un café con hielo, pusimos rumbo hacia el verdadero ayuntamiento de Tokio. Pasamos rápidamente por la zona de los aparatos tecnológicos, pero hasta yo mismo acabé saturado de tantísimo cacharro por metro cuadrado, así que seguimos de largo para subir al observatorio. Desde lo más alto de la torre pudimos contemplar el atardecer en Tokio, pero desde aquí tampoco pudimos ver el monte Fuji, así que empezamos a pensar que esta montaña era fruto de la imaginación de Nobita y del resto de japoneses.

En este momento decidimos que era un buen momento para poner en marcha nuestro plan de ir a ver el mercado de la subasta del atún. Esto implicaba acabar el día temprano e irnos al hotel a dormir unas horas antes para poder pegarnos un buen madrugón. Por el camino de vuelta paramos por Shibuya para ver el famosísimo cruce de noche y grabar unos vídeos al más puro estilo The Walking Dead. Fue impresionante ver a semejante manada de gente cruzando a la vez, tanto, que nos quedamos como tontos mirando una y otra vez y cruzando de un lado a otro como si no hubiéramos visto un paso de peatones en nuestra vida.

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Finalmente compramos algo en el Lawson y volvimos al hotel para cenar en la habitación. Reservamos un taxi para las tres y media de la mañana y nos fuimos a dormir sabiendo que el despertador iba a sonar bien temprano, y que sería el principio de un largo día.

29 de Julio: En busca del Fuji

Este día nos levantamos muy temprano para poder ejecutar con precisión nuestro plan de de llegar a la zona de Hakone a la hora de comer. El plan era técnicamente posible, pero requería una gran precisión para poder enlazar todos los trenes a tiempo. Bajamos a desayunar a las ocho de la mañana y conseguimos apañarnos incluso para coger el ferry anterior al que teníamos pensado. Las cosas empezaban bien, esto suponía que todo empezara muy rodado y que todas las preocupaciones del día anterior desaparecieran.

Dejamos Miyajima y antes de coger el primer Shinkansen destino Osaka tuve que hacer una parada técnica para cambiarme la camiseta. A estas alturas del viaje, ya con pocas reservas de ropa limpia, las camisetas prácticamente podían andar solas. en ese momento me sentía como el “mueve-tetas” del Tapas Bar de Dundee, muy sudado nada más empezar a moverme.

Llegamos a la estación de Shin-Osaka a la hora prevista, y antes de coger el siguiente tren nos aprovisionamos bien de víveres para el trayecto. En Japón es muy común comprar una Bento-Box en uno de los numerosos sitios de las estaciones de tren, y comer durante el trayecto. Acompañamos a nuestro menú con unas lenguas de gato que nos llamaron maravillosamente la atención y que nos servirían para pasar el rato en nuestro camino a Odawara. Nada más subir al tren y acomodarnos una madre con sus dos pequeñas criaturas se sentaron al lado nuestro. Abrimos nuestras suculentas cajas bento y nada más empezar a comer, el niño sacó de su mochila otra caja pero no de comida, no, una caja de plástico con un escarabajo gigante de las que vimos durante el día del festival de Osaka. No podíamos dar crédito a lo que estaban viendo nuestros ojos, ya que era difícil de creer que de verdad la gente pudiera tener en casa a ese bicho como mascota. Aunque aún peor que eso, era que se entretuvieran jugueteando con él. El niño parecía encantado con el bicho, se lo pasaba de una mano a otra mientras presumía de habilidades delante de su hermana. Mientras tanto, su madre ponía cara de quererse morir, e intentaba taparse para que el bicho no le saltara en la cara. A mi la situación me pareció la mar de jocosa, aunque Marta miraba por la ventana del tren, intentando abstraerse del bicho. Al rato, al darse cuenta de que le miraba embelesado, el niño se dirigió a mi en un bonito inglés preguntándome que si hablaba inglés y que si quería jugar con su escarabajo. Obviamente dije que sí a todo, total, ¿cuándo iba yo a tener la oportunidad de sujetar a un bicho de estos? La sensación fue extraña, porque el bicho se agarraba con fuerza con unas garras que tenía en las patas y yo creo que disfruto con la piel a ronchas que se estaba terminando de caer de mis manos. Por eso el tema de deshacerme del bicho y devolvérselo al niño se hizo complicado. El animalito se resistía a soltarse y se agarraba a mi piel con locura. Tras volver de la situación absurda a la normalidad, continuamos hablando con la madre y le contamos nuestro viaje, alguna de nuestras batallitas y lo idiotas que habíamos sido al preparar la maleta e ir cargando con ropa “más abrigadita”. Ella nos contó que era de Nagoya pero que vivía en Seattle, razón que explicaba el porqué hablaba tan bien inglés. Esta mujer nos arrojó un halo de luz y nos dio algo de esperanza al decirnos que las nuevas generaciones de pequeños japoneses estaban aprendiendo cada vez mejor inglés. Les dimos a probar de nuestras lenguas de gato para completar el momento de intercambio cultural, y no solo les encantaron sino que nos pidieron repetir para alegría nuestra y vergüenza de su madre.

Por el camino deberíamos haber visto el monte Fuji si el día hubiera estado despejado, que no lo estaba. Llegamos a la estación de Odawara, nos despedimos de nuestros amiguitos y les dijimos que estábamos aprendiendo japonés y que lo que mejor se nos daba decir era “Arigato very much” y “Sayonara baby”. Salimos de la estación, dejamos nuestras maletas en unas taquillas de colores muy monas y cogimos el bus en dirección a Hakone, en busca del monte Fuji perdido.

Tras una hora de trayecto en autobús por el Japón más profundo, llegamos a Moto-Hakone. Buscamos su famoso torii marino al que hacía referencia la guía como punto emblemático desde el que ver el Fuji, pero ni rastro de él debido a los nubarrones. Subimos la larga escalinata que conducía al santuario y tampoco, sólo unas fuentes lavamanos con unos dragones muy chulos. Dimos un paseo a lo largo del lago y a través de los postes informativos, dedujimos por qué sitio debía aparecer el Fuji, pero tampoco hubo suerte, el cielo estaba bien encapotado. En ese momento decidí hacerle unas fotos a Marta con cara sonriente imaginándose que el Teide –como ella le llamaba– estaba detrás de ella, para al llegar a casa hacer un fotomontaje.

Decidimos extender nuestro día un poco más y en vez de llegar por la tarde a Tokio, hacer una parada intermedia en uno de los famosos onsen de la zona. Cogimos el bus de vuelta a Odawara y nos bajamos en Hakone, desde donde nos dirigimos al onsen Yunosato, uno de los que recomendaba la guía. Tuvimos que preguntar varias veces para orientarnos, porque para variar, los mapas eran bastante confusos. El onsen no estaba en una zona muy accesible y para llegar, hubo que subir un cerro. La travesía por el asfalto no se hizo nada cómoda dado el bochornazo que estaba cayendo en ese momento. Como no podía ser menos, nada más entrar por la puerta del onsen la liamos bastante parda porque después de diez días en Japón nos seguía sin quedar claro dónde se podía andar con zapatos y dónde no. Total, que en vez de dejar los nuestros en los cajoncitos para invitados, les quitamos las zapatillas de andar por casa a unos de los clientes del hotel y dejamos nuestros sucios zapatos en sus cubículos. Pero esto no fue todo, al llegar a la recepción el hombre nos dijo que no se podía andar con zapatillas allí, así que tuvimos que volver al punto de partida totalmente confundidos.

Conseguimos entrar al onsen, y yo que no soy muy aficionado a lo de los chorritos de agua, tengo que confesar que me gustó la experiencia. Como no podíamos entrar juntos por aquello de la discriminación térmica, quedamos en vernos en una hora y media a la entrada de los vestuarios. Yo a los quince minutos de estar en remojo ya estaba boqueando como un besugo en el desierto y me fui a la ducha. Pensé meterme primero un rato en la sauna, pero un japonés se encontraba allí haciendo un entrenamiento ninja dando puñetazos al aire con la cara y la nariz tapadas con un paño húmedo. Esta escena me recordó a Vegeta entranando en la nave de Bulma a alta gravedad y me dio mucho mal rollo y al final no entré. Cambié la sauna por una ducha sentado en el taburete y salí fuera a esperar a Marta bebiendo un Aquarius antes de morir deshidratado o de una bajada de tensión terrible. A mi los balnearios más que relajarme me tensan. Siento que me va a dar un vahído en cuanto llevo un rato ahí metido. De todos modos, la parte más horrible fue la de tener que ponerme de vuelta la ropa sucia porque al haber sido un plan improvisado, pues no había mucho lugar a llevar ropa limpia en la mochila. Pero pasado el trauma de sentir la ropa sudada sobre mi cuerpo limpio e inmaculado por las aguas termales niponas, me encontré con un señor con albornoz al que le debí resultar gracioso y se acercó a mi. Este fue el diálogo en un inglés-japonés-lengua de signos:

— ¿De dónde eres?

— De Madrid, España.

— Ah, sí, Sarkozy ¿conoces Biarritz?

— Sí, lo conozco, pero eso está en Francia. Yo soy de España. 

— Yo visité una vez San Francisco, de ahí fui a Houston y después a España, que está justo debajo.

Yo no quisé desatar un conflicto diplomático, así que le seguí la corriente.

— Mexico está lleno de gente que habla español. ¿Qué tal Sarkozy?

— No, no, ese es el presidente francés. Yo soy español de España.

— ¿Estás en Japón de viaje?

— Sí, estamos por aquí dos semanas

— Oh, mucho dinero, y eres muy joven. ¿Cuántos años tienes?

— Acabo de cumplir 30 años

— Oh, 30 años y mucho dinero

Aquí, en este momento acabó nuestra conversación. El hombre, muy indignado se dio la vuelta y se marchó sin despedirse. No sé que tipo de daño debí causarle, pero lo que fuera le rompió el corazón.

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Deshicimos el camino andado en una noche de luna llena y llegamos a Tokio. Nos alojamos en el hotel Fresa, el cuál nos recibió con una habitación moderna pero minúscula. Tuvimos nuestro primer rifirrafe con el señor de la recepción cuando le pedimos prestado un adaptador para cargar los teléfono y nos dijo que costaba 540 yen. Indignados, le dijimos que se peinara y nos fuimos a cenar y después ya iríamos a peregrinar a por un adaptador. Probamos por primera vez el caballo crudo y vimos una vez más a un grupo de compañeros de trabajo poniéndose tibios a cerveza después de la jornada laboral y perdiendo todo tipo de inhibición. Tras la cena paseamos por todos los supermercados de la zona buscando un adaptador, pero ni rastro de ellos. A la vuelta al hotel volvimos a pedir el dichoso adaptador, esta vez dispuestos a pagarlo. Esta vez, el señor en vez de decir “sell” como la anterior vez dijo “rent”, lo que cambiaba bastante el panorama. Cogimos el cargador cabreados o desesperados y nos subimos a la habitación deseando pagar un curso básico de inglés a la población nipona entera. Tocaba descansar para cuatro días intensos en Tokio, la gran capital.

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28 de Julio: La impactante y pequeña Miyajima

Nuestra visita por la región de Hiroshima continuaba pasando un día tranquilo y relajado por la cercana isla de Miyajima. Por la mañana, cogimos el tranvía que nos llevó a la estación de Hiroshima y desde ahí nos subimos al tren destino Miyajimaguchi, desde donde cogeríamos el ferry a la isla de los ciervos sagrados.

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Miyajima es una isla-monumento, y su mayor reclamo es el santuario de Itsukushima con su famoso Torii adentrado en el mar. Pero además de este, la isla está repleta de templos budistas y sintoistas del año del picor, algunas dicen que del siglo VII. Pero si por algo se caracteriza esta isla es por ser como yo mismo definí “un culto a la fotografía”, ya que cualquier persona con un mínimo de interés en sacar buenas instantáneas disfrutaría como un enano. Al llegar, el día estaba nublado, pero enseguida el sol empezó a despuntar y no dábamos abasto para fotografiar a los ciervos, los toriis, los templos, las montañas, las garzas, las lapas y los mejillones de las piedras… todo lo que se ponía por delante. Antes de ser devorados completamente por los ciervos, fuimos al hotel a dejar las maletas y a ponernos el bañador, ya que teníamos en mente que el día de hoy era el indicado para darnos el segundo chapuzón del verano.

El primero punto de la visita fue el torii, aprovechando que la marea estaba baja nos acercamos para verlo de cerca y retratarlo desde todos los ángulos posibles. En la guía ponía que este lugar era famoso por sus ostras, pero no imaginaba yo que el tema llegara a ser de tales dimensiones, ya que increíblemente ostras, mejillones, lapas y otros raros bichos marinos japoneses crecían a los pies del gran torii.IMG_2756

Pero para no saturarnos de tanta cultura y tanta fotografía, fuimos a pasar un rato a la zona de más turisteo para pasar un rato de compras. No sé si esto fue una buena idea o no, porque literalmente nos volvimos locos. No es que lleváramos un control escrupuloso de los gastos, pero si que intentábamos moderarnos. El problema es que descubrimos que Miyajima era el paraíso de las compras, así que decidimos que era un buen momento para quitarnos de en medio la mayor parte de los regalos que teníamos pensado llevar. Tras llenar los petates de souvenirs, volvimos a la zona del santuario para visitar el templo. A la salida de este, fui yo mismo el que fundé un nuevo santuario: un puesto de ostras a la parrilla. En mi corta vida como comedor de ostras, nunca había tenido la oportunidad de degustarlas en este formato, ya que siempre las había comido frescas. Y tengo que reconocer que las ostras a la parrilla son un auténtico manjar, o al menos me supieron a gloria en ese momento, así de tostaditas.

Dimos otro paseíto por los alrededores del templo mientras hacíamos hambre y echábamos otro vistazo a los puestos, pero en ese momento fuimos atacados por un ciervo curioso que se empeño en olfatearnos los bolsillos e intentar distraernos mientras mordía las bolsas de los regalos. Enseguida comprendí que a estos ciervos los carga el demonio, porque al igual que los velocirraptores de Parque Jurásico, atacaban en manada. Así que mientras te encontrabas distraído mirando a un grupo de pequeños cervatillos enfrente de ti, otros dos de ellos atacaban por los laterales en busca de cualquier cosa que llevarse a la boca. Agotados, salimos en busca de un lugar donde comer. Yo continué con el menú de ostras mientras que Marta se pasó a la anguila, que resultó ser el mismo bicho que el congrio que ya habíamos comido anteriormente pero al que no habíamos asociado en ningún momento con la anguila. En este caso, la anguila ganó por goleada a la ostra frita. Al igual que la ostra a la parrilla a la que me refería antes, tampoco había tenido la ocasión de probarla frita, pero esta última perdía bastante cuando estaba rebozada.

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Después de comer fuimos a probar el dulce local a una cafetería. Este consistía en una especia de galleta húmeda con forma de estrella relleno de fruta y textura de mazapán. Vamos, un todo en uno. El siguiente movimineto fue ir a la playa a pasar la tarde y aprovechar para mojarnos el culo. Fuimos bordeando la costa en busca de una buena playa pero a los cinco minutos de nuestra marcha, Marta ya se había parado en otra tienda a mirar por enésima vez las tradicionales zapatillas japonesas. En ese mismo momento me dio un ataque de celos y yo no quise ser menos y acabé comprando otras elegantes zapatillas para mi. Tras esta segunda parada seguimos en búsqueda de la ansiada playa, y aunque tuvimos que andar algo más de lo esperado por la poca precisión de la que disponen los mapas japoneses, finalmente dimos con una playa decente. Ésta estaba justo enfrente de un hotel elegante, lo que nos dió la pista de que se trataría de un lugar adecuado para el baño. Nada más llegar, nos encontramos con dos chicos alemanes que bajaban a darse un baño y una señora que nos espiaba desde la ventana del hotel, también bajó al cabo de un rato quizá muerta de la envidia. Lo curioso fue que esta señora y su familia era con los que íbamos por la mañana en el tranvía. ¡Qué fácil es distinguir occidentales en un mundo de orientales! El agua estaba un tanto verdosa, pero esto no nos echó para atrás y nos dimos un buen baño. Marta encontró un trozo de bambú en el agua y en un ataque de locura, decidió sacar a relucir todo su conocimiento en decoración de interiores y llegó a convencerme en meterlo en la maleta y llevárnoslo de recuerdo a Escocia.

Así fue como abandonamos la playa, llevando en la mochila un montón de regalos y un bambú de medio metro. La gente me miraba con cara de qué hacía un tío con un palo o de qué hacía un tío haciéndose pasar por Goku con el bastón mágico. A la vuelta, pasamos por el torii — esta vez porque la marea estaba alta — y después fuimos a quitarnos la sal y la roña acumulada del día al onsen del hotel. Como esta era probablemente la última experiencia onsen del viaje, la aprovechamos bien y nos quedamos un buen rato en remojo.

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Nos tomamos un té matcha en la habitación mientras maquinábamos el plan de Willy Fog para llegar a Tokio al día siguiente pasando de camino por los aledaños del monte Fuji. Tras este desgaste neuronal, bajamos a hacerle más fotos al torii, esta vez de noche. En este momento, nos dimos cuenta de que en esa pequeña isla había más españoles e italianos que japoneses. Creo que si nos hubiéramos organizado y amotinado en la estación de ferries, habríamos conseguido ocupar una isla japonesa en pleno siglo XXI, y esto habría dejado la invasión de Perejil a la altura del betún.

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Como mi estómago estaba colapsado por el poder de las ostras fritas, nos sentamos a cenar algo ligero en uno de los pocos sitios que quedaban abiertos por la zona del centro. De esta forma acabó nuestro intenso día de retiro espiritual en la isla-monasterio.