31 de Julio: El reto de Tsukiji y el deambular por Nikko

El despertador sonó a las tres de la mañana y, algo desorientados, nos tiramos de la cama y salimos de la habitación del hotel en busca de nuestro objetivo del día: llegar a tiempo al mercado de Tsukiji para registrarnos y poder acceder a la exclusiva y mundialmente conocida subasta del atún. El taxista nos esperaba puntual a la entrada del hotel, y como a esas horas ni en Japón estaban aún puestas las calles, en cuestión de 10 minutos nos estaba dejando a la entrada del mercado. Aparentemente todo parecía la mar de calmado, pero menos que decidimos finalmente ir hasta el mercado en taxi, porque si llegamos a ir andando y hacemos caso a la guía y vamos a las cinco de la mañana… nos dan con la puerta en las narices y nos habríamos tenido que volver al hotel con un cabreo considerable por el inutil madrugón. Por suerte llegamos a tiempo, aunque casi somos los últimos en cerrar el cupo del segundo y último grupo del día. Tras la puerta de metal se esparcían por el suelo unas 100 personas ataviadas con chalecos de color verde y de color azul. Nos dieron el chaleco y nos invitaron a unirnos al resto de personas varadas que colapsaban la habitación, eran las 3:52 y aún nos quedaban dos largas horas de espera hasta que abriera el mercado, la noche iba a ser larga.

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Estuvimos esperando en el suelo, intentando distraernos con cualquier cosa hasta que a las 5:50 nos llamaron al orden. Nosotros tuvimos la mala suerte de estar sentados junto a un grupo de superpijas estadounidenses con muchas ganas de hablar y de camelarse a dos muchachitos superfrikis de su mismo país y que habían tenido a suerte de encontrarse en la cola del mercado. No sé que es lo que la evolución ha hecho para que esta gente hable así de raro, pero sinceramente el acento de yanki adolescente es de lo más molesto. A la orden del encargado del mercado empezamos a desperezarnos y a estirar las piernas. Entre bostezos y estirones, el grupo fue poniéndose en fila, luchando por no sucumbir en el último momento a esas dos largas horas de espera. Salimos a la calle, y a esas horas, el mercado ya era un hervidero de cochecitos, motos, carros y un montón de hombres del mar.

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Entramos a la sala de la subasta, y tras ser amenazados casi hasta de respirar, un hombre se subió encima de una caja de manera que se encontraba situada delante de tres filas de atunes y empezó a canturrear en japonés como si se tratara de un niño de San Ildefonso el día del sorteo de navidad. Al mismo tiempo, un grupo de personas que se situaban rodeándole movían las manos, imagino que dándole la instrucción de cuánto estaban dispuestos a ofrecer por la pieza. No sé que cifra se llegó a ofrecer por cada una de esas piezas, pero en cuestión de 10 minutos ya estaba todo el pescado vendido. Este fue todo el motivo de la espera, la subasta, ya que el siguiente paso era esperar pacientemente hasta que la zona comercial abriera y los turistas que habíamos ido a la subasta y el resto de curiosos pudiéramos entrar a ojear.

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Esta segunda espera se hizo aún más larga que la primera. Eran las 6:15, la subasta del atún había terminado y aún teníamos que esperar hasta las 9:00, hora a la que abría el mercado. El plan típico era ir a desayunar sushi a alguno de los pequeños restaurantes para pescadores del mercado, así que así hicimos. Escogimos uno en el que los dibujos de los platos a la entrada nos llamaron la atención. El sitio era sumamente estrecho y se comía en la barra. Pedimos un combinado de atún, salmón y caviar, y aunque a esas horas de la mañana no era lo que más apetecía por el madrugón, lo cierto es que entro estupendamente. Tras casi dos semanas en Japón, el desayunar pescado era ya una rutina, y en particular el plato que nos sirvieron en el mercado era como de otra dimensión, yo creo que sin ninguna duda era lo más sabroso que había probado en mi vida hasta la fecha.

Después de desayunar fuimos a ver el templo de los pescadores y las tiendas de la zona, a ver si pescábamos algún souvenir. Como aún quedaba una hora para que abriera el mercado, intentamos ir al los jardines del parque Hamarikyu a dormir un rato, pero este como estaba cerrado. Finalmente pues acabamos tirados como vagabundos en un trozo de cesped, donde intentamos descansar un rato. El sol ya empezaba a aporrear con ganas a esas horas de la mañana, así que el descanso fue poco más que imposible.

Cuando dieron exactamente las 9 de la mañana, entramos al mercado. Es difícil explicar lo enorme que era, pero en esencia era como una pescadería gigante, llena de bichos de todos los colores y tamaños. Hicimos miles de fotos y pusimos en riesgo nuestras vidas unas cuantas veces al salirnos de los carriles para peatones y aventurarnos locamente en los carriles destinados para los carricoches de mercancías. Vimos como despiezaban el atún y alucinamos viendo especies animales que jamás se habían visto en un documental de La 2.

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A eso de las 10 de la mañana dimos por concluidas las 7 horas de mercado. Creo que nos habíamos hecho muy bien a la idea de cómo funcionaba el asunto, pero aún nos quedaba todo el día por delante. Decidimos dejar la vorágine de la gran ciudad e ir a hacer una excursión de un día a Nikko, una ciudad cercana al norte de Tokio. Haciendo esto, aprovechábamos nuestro último día del JR Pass y de paso podíamos echarnos una cabezadita en el tren y descansar un poco. Llegamos a Nikko pasado el mediodía, todavía algo cansados pero dispuestos a darnos un buen atracón de templos. Pero inevitablemente, a los cinco minutos de habernos puesto en camino, nos entró hambre. Hacía cuatro horas que habíamos desayunado y el pescado había pasado ya a mejor vida. Marta tenía el antojo de comer sentada en un tatami, y aunque con el paso de los días no habíamos encontrado ningun, fue en Nikko donde finalmente tuvimos la oportunidad. Este pequeño restaurante lo llevaban una pareja de viejecitos encantadores que nos pusieron lo que buenamente quisieron, porque en este sitio la comunicación sí que fue realmente compleja.

Con el estómago lleno el día se veía de otra manera, así que seguimos andando y llegamos al puente que cruzaba el río y que daba entrada a la ruta de los templos. Yo creo que en ese momento no éramos conscientes de la larga escalinata que nos quedaba por delante, pero más que una entrada a un santuario eso se asemejaba más al ascenso del Angliru y el Tourmalet juntos. Entre el bochorno y las escaleras…yo solo quería pedirle a Buda que me llevara con él dentro de su tronco de nuevo. Si había cincuenta templos por ver, nosotros vimos cincuenta y uno. No había estatua, farol o dragón que fotografiar. Pero entre templo y templo, también tuve la oportunidad de hacer feliz a unos niños japoneses, que se pusieron a descifrar mi nueva camiseta con mi nombre escrito en hiragana. Otra de las anécdotas curiosas de esta tarde fue la alegría infinita que sentimos al descubrir que la famosa escena de los tres monos tapándose ojos, boca y oídos es una metáfora budista. Tanto tiempo haciendo el canelo con el tema de los monos, y nosotros sin saber que era un rollito budista.

Tras terminar el tour y corroborar una vez más que el budismo y el sintoismo están muy bien pero que son unos sacacuartos, pusimos nuestros pasos de vuelta a la estación parando una vez más en la misma calle que por la mañana, pero esta vez para tomar un café con hielo revitalizante. La vuelta a Tokio la pasamos dando cabezazos en el tren, intentando no dislocarnos el cuello, y viendo campos de arroz por la ventana. El tema del respeto en Japón también puede llegar al extremo, en este caso el respeto por los asientos reservados en el tren. Nos tocó ir de pie en el segundo que tuvimos que coger camino a Tokio porque iba bastante lleno. A nuestro lado, había dos asientos libres, pero ningún japonés parecía tener el menor interés en sentarse aunque quedaba casi una hora para llegar a tiempo. Por supuesto, nosotros no íbamos a estar haciendo el canelo mucho más tiempo y a los diez minutos decidimos sentarnos.

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Llegamos al hotel deseando darnos una ducha y dar por terminado el día, pero como aún quedaban unas horas para que acabara el día y por tanto nuestros 14 días de JR Pass, decidimos hacer de tripas corazón y salir un rato por la zona de Shibuya. Al llegar, buscamos primero la estatua a Hachiko, el perro fiel, pero nos perdimos en mitad del intercambiador y no veíamos la manera de salir por la salida correcta. Un hombre un tanto extraño salió en ese momento de la nada y se ofreció a acompañarnos a la salida. Como el riesgo que habíamos sentido en todos estos días había sido nulo, le seguimos agradecidos, pero al llegar a la estatua nos dio la sorpresa y nos empezó a pedir dinero. Como hacerse el turco-chipriota en Japón es bastante sencillo por aquello de la barrera del idioma, no nos costó mucho deshacernos de él, pero lo cierto era que no habíamos tenido aún experiencias de este tipo. Cruzamos el famoso paso de peatones que quita el hipo y estuvimos un rato por la zona de las tiendas. Se nos antojó pescado, pero la masificación de la zona hizo que al final tuvieramos que entrar en una izakaya a comer pollo frito. Como en Japón son tan raros que dejan fumar en los establecimientos pero no en la calle, el momento de la cena se hizo un poco agobiante por el calor y el humo, sumado a malas noticias laborales.

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Finalmente volvimos al hotel, rodeados en el metro de un montón de personajes beodos con ropa de trabajo, se notaba que era viernes por la noche y se estaba dando rienda suelta a las emociones. Esta gente se las agarra muy gordas cenando, y con el caos que hay en esta ciudad, muchas veces me preguntaba que como lo harán para encontrar sus casas con la moña que llevan encima.

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